¡Siempre la misma mugre! -se quejaba.
Sonreía al recordar aquella vez que se convirtió en un arma letal contra una rata atrevida que se metió a la casa, y sentía nostalgia de la fiesta tan divertida del año pasado: el señor de la casa la tomó entre sus brazos para bailar danzón, mientras todos reían al mirar a la pareja.
¡Qué tiempos aquellos! -suspiraba
A diario soñaba la escoba, fabricando ilusiones de vivir apasionantes aventuras; su mejor fantasía era que, pronto, una bruja la elegiría para su transporte personal. Se veía a si misma volar por el cielo nocturno, llevando a la oscura hechicera por atajos misteriosos, y casi podía mirar su silueta reflejada en la luna llena.
Un día, sus pensamientos fueron interrumpidos bruscamente. En la penumbra inquietante de la noche, escuchó que alguien entraba con cautela en la cocina y se aproximaba a ella con pasos sigilosos. Estaba ya muy cerca, sí, se percibía un aliento nervioso, entrecortado. De pronto, una mano impaciente y sudorosa la empuñó con fuerza, y una voz penetrante gritó con ímpetu asesino:
- ¡Mamá... ya encontré un palo para la piñata!
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