lunes, 18 de agosto de 2014

Por si regresa.

¿Sabe, compadre?, orita me siento como una carta sin sobre, así, como cuando cualquiera puede leer lo que dice y enterarse de todo. Ya sabe usté, compadre, si fuera otra cosa no me importaría, pero todos supieron que me dejó mi vieja, y pues eso sí cala.

Ya le digo que esto duele mucho, por que no a cualquiera lo tratan como un perro. ¿Sabe por qué? Por que ya desde antes me porté como un perro, lamiéndole las manos a mi vieja cuando me hacia un cariño, moviéndole la cola cuando me arrimaba un plato de sopa y agachando la cabeza cuando me alzaba la voz. Sí, compadre, por que yo era un perro enamorado que me dejé humillar y preferí enroscarme en un rincón antes de estorbarle.

Hace ya tres días que mi vieja se fue y la extraño mucho, compadre. Cuando salió de la casa me grito que yo era "un poco hombre", que ella era mucho para uno como yo y otras cosas que ya pa qué repito, si la vecindad entera oyó todo. Agarró una maleta donde ya tenia guardada su ropa y se subió a un coche bien bonito, de esos nuevos. Besó al hombre que manejaba, y ni siquiera me echó una mirada para despedirse. Yo nomás me quedé ahí parado, sintiendo cómo el aire se iba haciendo más espeso de tantos cigarros que fumé.

Desde hace tres días estoy aquí. con la puerta abierta, esperando que regrese. No por que crea que se va a quedar pero es que dejó algunas cosas y ¿ya vio, compadre? Se le olvidaron las llaves, y si viene, ¿cómo va a entrar la pobre?

Ándele, compadrito, siéntese y acompáñeme un rato. Nomás no cierre la puerta, por lo que ya le dije; sírvase y brindemos por las viejas. ¿Que si no me da coraje? Pues sí, la verdá que me da harta muina, pero es que a veces puede más el amor que la vergüenza.

Salud, compadre.

domingo, 17 de agosto de 2014

La escoba soñadora.

La escoba soñadora En un rincón de la cocina, la vieja escoba soñaba despierta, harta de barrer a diario el mismo polvo de la casa.
¡Siempre la misma mugre! -se quejaba.

Sonreía al recordar aquella vez que se convirtió en un arma letal contra una rata atrevida que se metió a la casa, y sentía nostalgia de la fiesta tan divertida del año pasado: el señor de la casa la tomó entre sus brazos para bailar danzón, mientras todos reían al mirar a la pareja.

¡Qué tiempos aquellos! -suspiraba

A diario soñaba la escoba, fabricando ilusiones de vivir apasionantes aventuras; su mejor fantasía era que, pronto, una bruja la elegiría para su transporte personal. Se veía a si misma volar por el cielo nocturno, llevando a la oscura hechicera por atajos misteriosos, y casi podía mirar su silueta reflejada en la luna llena.

Un día, sus pensamientos fueron interrumpidos bruscamente. En la penumbra inquietante de la noche, escuchó que alguien entraba con cautela en la cocina y se aproximaba a ella con pasos sigilosos. Estaba ya muy cerca, sí, se percibía un aliento nervioso, entrecortado. De pronto, una mano impaciente y sudorosa la empuñó con fuerza, y una voz penetrante gritó con ímpetu asesino:

- ¡Mamá... ya encontré un palo para la piñata!

sábado, 16 de agosto de 2014

La bestia.

La bestia> Esta vez no era un sueño, estabas allí, junto a tu príncipe azul, en el altar. Juraste ante Dios amarlo hasta la muerte; él colocó el anillo en uno de tus dedos como símbolo de fidelidad eterna; tú prometiste amarlo y respetarlo todos los días de tu vida. Al terminar la blanca ceremonia y los abrazos, celebraron con una encantadora fiesta que terminó al amanecer.

Solos, en aquella alcoba de tapiz rosado, colmada de inmaculadas flores, ramitos de azahar y sábanas bordadas, por primera vez te desnudaste frente a él. Un ligero temblor estremeció tu cuerpo - es la emoción, pensabas -. Supiste que una vez entre sus brazos lograrías serenar tu nerviosismo, para luego abandonarte, dócilmente, a sus caricias.

Jamás imaginaste sufrir esa dureza, esa violencia, aquello no fue la excitación ni el arrebato que lograste aquietar en él cuando eran novios, no era la pasión sutil ni las llamas de amor entre sus besos. Despedazó tu castidad con la brutalidad de un demente.
Tu príncipe azul mordió tus pechos hasta que sangraron, arrancó tu cabello, golpeó tu vientre, te insultó, te dijo al oído las frases más sucias que nunca habías escuchado y te abofeteó cuando suplicaste clemencia.

Cuando por fin dormía, sólo pensabas en escapar. Te deslizaste suavemente entre las sábanas, y al abrir la maleta para buscar tu ropa él despertó. Querías correr para estar a salvo pero el terror te inmovilizó y te quedaste ahí.Te miró fijamente, luego sonrío y dijo con dulzura: "Ven, princesa, ven a mis brazos". No podías moverte, te sacudió un intenso escalofrío, mientras el príncipe se levantaba. Vino hasta ti y su abrazo fue delicado, suave, aderezado con besos juguetones. Ordenó a la administración del hotel algo para desayunar. El camarero  dejó una bandeja repleta de alimentos y se despidió con una sonrisa maliciosa. Estabas confundida y aterrada, sin embargo, la sed de la vigilia te obligo a poner la taza de café entre tus labios, y bebiste a grandes sorbos tu amargura.
         
                  - Pobrecita de mi amor -dijo mientras besaba tus manos.

Aseguró que poco a poco te acostumbrarías y que pronto hasta te iba a gustar. Siete días estuvieron en aquella habitación, siete días en la antesala del infierno. A ratos mirabas el mar que se abría frente a la ventana, y a veces sentías tu cuerpo disolverse con la luz anaranjada de la tarde.

Antes de volver a casa, fuiste a lavar tus heridas en la salada espuma del mar, y ahí frente al infinito, comprendiste que hay más mundo detrás del horizonte, y que tu estúpido cuento de hadas tenía que terminar.