sábado, 16 de agosto de 2014

La bestia.

La bestia> Esta vez no era un sueño, estabas allí, junto a tu príncipe azul, en el altar. Juraste ante Dios amarlo hasta la muerte; él colocó el anillo en uno de tus dedos como símbolo de fidelidad eterna; tú prometiste amarlo y respetarlo todos los días de tu vida. Al terminar la blanca ceremonia y los abrazos, celebraron con una encantadora fiesta que terminó al amanecer.

Solos, en aquella alcoba de tapiz rosado, colmada de inmaculadas flores, ramitos de azahar y sábanas bordadas, por primera vez te desnudaste frente a él. Un ligero temblor estremeció tu cuerpo - es la emoción, pensabas -. Supiste que una vez entre sus brazos lograrías serenar tu nerviosismo, para luego abandonarte, dócilmente, a sus caricias.

Jamás imaginaste sufrir esa dureza, esa violencia, aquello no fue la excitación ni el arrebato que lograste aquietar en él cuando eran novios, no era la pasión sutil ni las llamas de amor entre sus besos. Despedazó tu castidad con la brutalidad de un demente.
Tu príncipe azul mordió tus pechos hasta que sangraron, arrancó tu cabello, golpeó tu vientre, te insultó, te dijo al oído las frases más sucias que nunca habías escuchado y te abofeteó cuando suplicaste clemencia.

Cuando por fin dormía, sólo pensabas en escapar. Te deslizaste suavemente entre las sábanas, y al abrir la maleta para buscar tu ropa él despertó. Querías correr para estar a salvo pero el terror te inmovilizó y te quedaste ahí.Te miró fijamente, luego sonrío y dijo con dulzura: "Ven, princesa, ven a mis brazos". No podías moverte, te sacudió un intenso escalofrío, mientras el príncipe se levantaba. Vino hasta ti y su abrazo fue delicado, suave, aderezado con besos juguetones. Ordenó a la administración del hotel algo para desayunar. El camarero  dejó una bandeja repleta de alimentos y se despidió con una sonrisa maliciosa. Estabas confundida y aterrada, sin embargo, la sed de la vigilia te obligo a poner la taza de café entre tus labios, y bebiste a grandes sorbos tu amargura.
         
                  - Pobrecita de mi amor -dijo mientras besaba tus manos.

Aseguró que poco a poco te acostumbrarías y que pronto hasta te iba a gustar. Siete días estuvieron en aquella habitación, siete días en la antesala del infierno. A ratos mirabas el mar que se abría frente a la ventana, y a veces sentías tu cuerpo disolverse con la luz anaranjada de la tarde.

Antes de volver a casa, fuiste a lavar tus heridas en la salada espuma del mar, y ahí frente al infinito, comprendiste que hay más mundo detrás del horizonte, y que tu estúpido cuento de hadas tenía que terminar.

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